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Niños y niñas, ¿expectativas culturales diferentes?

28/11/17

El objetivo fundamental de la educación debe ser el garantizar que cada niño, independientemente de su sexo, tenga la oportunidad de potenciar los conocimientos, valores y actitudes que posibilitan el desarrollo integral de su personalidad. De este modo, se garantiza su integración óptima como miembro de la sociedad en la que vive y se facilita una formación adecuada para afrontar los cambios que vayan sucediendo en dicha sociedad.   

Nuestra cultura tiene expectativas diferentes respecto al comportamiento de hombres y mujeres. Se ha argumentado que es algo innato debido a las diferencias biológicas entre ambos sexos. Siendo así, cabría preguntarse: ¿Cómo hay mujeres actualmente que realizan igual o mejor que los hombres las funciones propias de profesiones que la sociedad siempre ha considerado masculinas?, ¿Cómo es posible que muchos hombres desempeñen las tareas domésticas perfectamente sin perder su masculinidad?  

Tradicionalmente, el contexto social transmite valores culturales diferentes para los hombres y las mujeres, promoviendo la existencia de funciones o roles distintos. La educación potencia unas capacidades, habilidades y destrezas acordes con cada rol porque tiene lugar en una sociedad que mantiene ciertos principios patriarcales que se transmiten de generación en generación.  Cuando esto ocurre, los niños y las niñas van interiorizando ciertos estereotipos de rasgos de personalidad, y de adultos llegan a asumir comportamientos y valores propios del sexo al que pertenecen. De un hombre se espera autocontrol, estabilidad emocional, agresividad, autoridad, competitividad, capacidades intelectuales para las matemáticas y las ciencias, valentía, aptitud arriesgada, racionalidad, poca expresividad afectiva, etc. El estereotipo de una mujer incluye rasgos como la falta de control, la inestabilidad emocional, la dependencia, la sumisión, la debilidad, la afectividad y la ternura elevadas, la incoherencia, la temerosidad, el menor desarrollo intelectual, etc.   

La educación que potencia estos rasgos diferenciados, cuando la realidad actual es muy diferente a la propia de generaciones anteriores, no cumple con su objetivo de formación integral de la personalidad de los niños y niñas, mucho menos con el de garantizar la integración óptima como miembros participativos y responsables de la sociedad. Actualmente, muchas mujeres forman parte del mundo laboral, además de atender a tareas domésticas y educar a los hijos. Esto implica un exceso de funciones que se otorgan a la mujer, o bien la modificación de los roles típicos dentro del hogar. Los hombres comienzan a participar en las tareas domésticas, incluso existen hogares en los que el padre abandona su carrera profesional por un tiempo para dedicarse a la atención y a la educación de los hijos y al cuidado de la casa. De este modo, los hombres desarrollan habilidades y destrezas que la educación recibida no ha estimulado.   

Momento de reflexionar 

Observando los cambios que suceden en nuestra sociedad, se impone la reflexión sobre la transmisión de roles sexuales que los padres están facilitando al niño. Todos los agentes educativos de la sociedad (el entorno escolar, la relación con amigos y amigas, los medios de comunicación, etc.) influyen en el aprendizaje de los roles sexuales a lo largo de la infancia. No obstante, son ciertos factores del ámbito familiar los de mayor influencia: Las expectativas del padre y la madre respecto al comportamiento de los hijos y las hijas, las ideas de éstos respecto a los roles masculinos y femeninos, el modelo que ofrecen sus propios comportamientos, los estímulos diferentes que les facilitan como los juguetes, los espacios de juegos, las actividades que refuerzan, etc.   

Es cierto que existen diferencias entre los niños y las niñas, pero un porcentaje muy elevado son fruto de las expectativas culturales y las aptitudes de las personas significativas de su entorno.   Cuando nace, el ser humano no es consciente de su propia identidad sexual y la irá adquiriendo, progresivamente, a medida que se interrelaciona con su entorno. Los progenitores y el ambiente inmediato del bebé son los primeros agentes que influyen en la construcción de su identidad sexual. Cuando el padre y la madre conocen el sexo del bebé que va a nacer, comienzan los planes, y los preparativos ya estimulan ciertos aspectos sobre la identidad personal del sexo: el nombre, la decoración de su cuarto, la ropita, los juguetes, etc. A partir de ese momento, las expectativas empiezan a formar los estereotipos culturales. Si esperan un varón, predomina el color celeste en la decoración y la ropa, los juguetes representan ciertos animales (caballos, leones, elefantes), coches, teléfonos, etc. En el caso de esperar una niña, se elige el color rosa, en la decoración predominan las flores, los lazos y los volantes, los juguetes guardan relación con el entorno doméstico, abundan las muñecas y animales como patitos y ositos.   

Aunque pretendamos educar del mismo modo, hay mensajes implícitos de gran influencia en las relaciones cotidianas: Los comentarios acerca de la ropa, el aspecto físico, la menor permisividad, el estímulo para expresar su afectividad o el refuerzo del buen comportamiento de las niñas; los comentarios acerca de la inteligencia, el aspecto sucio o poco aliñado, la permisividad con los comportamientos agresivos o ridiculizar las expresiones afectivas de los niños.   Los padres y las madres deben reflexionar sobre aspectos de la relación cotidiana con sus hijos e hijas para comprobar si no están transmitiendo expectativas diferentes motivadas por su sexo: ¿Utilizan el mismo tono de voz al dirigirse a ambos?, ¿reaccionan del mismo modo ante las demandas de afecto?, ¿se les pide la misma colaboración en las tareas del hogar?, ¿les riñen por igual?, ¿participan del mismo modo en las tareas de responsabilidad?   Cada hijo o hija tiende a identificarse con el progenitor del mismo sexo, si la relación de apego es adecuada. De manera que intentará imitar sus comportamientos y los que observe en las personas de igual sexo, buscando la aceptación y aprobación parental.     

Desde edad muy temprana, desde el juego 

Las expectativas de conducta según el sexo se interiorizan desde edad muy temprana. Así, observamos que los niños tienden a jugar de forma más independiente, sus actividades son más competitivas y con mayor derroche de energía física, prefieren compañeros de juego de su mismo sexo y, en el caso de que admitan a alguna niña, le permiten papeles de poco protagonismo. Cuando juegan prefieren actividades que guardan relación con la construcción, la movilidad, la persecución, la lucha y la fuerza; en los juegos imitativos optan por jugar a conducción de coches, guerras, policías y delincuentes, pilotos, bomberos, mecánicos, carpinteros, etc. Este tipo de juegos desarrollan actitudes como la competitividad, el riesgo, la agresividad, la manipulación, la violencia, la habilidad física, la investigación, el protagonismo, etc. 

Si se estimula y favorece que las niñas dominen este tipo de juegos aumentará el dominio de habilidades necesarias para profesiones que son ocupadas tradicionalmente por los varones, como la investigación, la construcción o la técnica.   Por su parte, las niñas prefieren jugar acompañadas, son colaboradoras, tranquilas, poco competitivas y desarrollan mayor interacción verbal. Optan por juegos más tranquilos y de poca movilidad, que sean rítmicos, repetitivos y de actividad lógica, como la rueda, la comba, botar la pelota, los puzzles, la pintura, y los de imitar acciones relacionadas con las tareas femeninas que van dirigidas a la asunción de la maternidad y al trabajo doméstico (ser mamás, cuidar bebés, hacer comidas, limpiar, etc.). Con estos juegos, las niñas desarrollan actitudes de docilidad, conformismo, cooperación, inhibición, servicio, ritmo y coordinación de movimientos, generosidad, pensamiento lógico, atención y concentración, etc. Cuando se anima a los niños para realizar este tipo de juegos se estimula su capacidad para la asunción de funciones paternas, la valoración del trabajo doméstico y el dominio de habilidades para profesiones como enfermero, maestro, médico, etc.   

Históricamente, cualquier sistema social va sufriendo modificaciones lentamente. No obstante, en las últimas décadas, los cambios respecto al rol y las características femeninas han sido grandes y rápidos y, aunque en menor grado, también ha variado el rol masculino. Por lo tanto, la educación que ofrecemos a nuestros hijos debe dar respuesta a estos cambios potenciando actitudes y valores comunes dirigidos al desarrollo integral de la persona, con independencia de su sexo.   Los padres deben potenciar en sus hijos e hijas el equilibrio emocional adecuado, la sólida identidad personal, las capacidades intelectuales, las vivencias y expresiones afectivas, la confianza en sí mismos, el autocontrol y una jerarquía de valores positiva que incluya la objetividad, la intuición, la sinceridad, el esfuerzo, el respeto, la responsabilidad, la valentía, etc. De este modo, niños y niñas formarán parte de una sociedad que considere a todos sus miembros por su valor personal en lugar de hacerlo por pertenecer a uno u otro sexo.

 

Autor: Asociación Mundial de Educadores Infantiles

 



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