Pasos de gigante

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Todos los niños aprenden a caminar tarde o temprano. Sin embargo, es cierto que la edad varía. Algunos empiezan entre los 9 y los 10 meses, aunque la mayoría lo hace en torno al año; pero este momento puede llegar a retrasarse hasta los 17 o 18 meses. Esto no es nada alarmante, ya que, siempre que su pediatra no haya dicho lo contrario, la evolución es normal.

El gran paso 

Los niños dan sus primeros pasos cuando están preparados. Esto supone que el pequeño cuenta con la madurez psicomotora suficiente para comenzar la locomoción debido a que existe emancipación funcional de las piernas, los pies y los dedos, lo que suele ser habitual en torno a los 11 meses. Sin embargo, solo a través de la ejercitación, el niño conseguirá la marcha autónoma. Existen una serie de factores que influyen para que se dé este gran paso: • La herencia genética, que marca en gran parte la evolución del sistema nervioso y de los logros motores. • La constitución física, pues un niño delgado y de talla media comienza a caminar antes que otro con exceso de peso o con talla elevada. • El buen estado de salud y una alimentación correcta. • Los estímulos y las posibilidades de experimentación en un medio adecuado.

¿Cómo puedo ayudarle? 

Además de velar por su buen estado de salud, los padres pueden apoyar los primeros pasos de sus hijos a través de estímulos adecuados y aportándole confianza y seguridad, a lo que contribuye que los padres tengan unas expectativas adecuadas para que el pequeño no se sienta presionado, ni obligado. Para ello, los juegos que propongas deben invitar a la marcha, pero sin imposiciones.

El vértigo de estar de pie Muchos niños se bloquean cuando han conseguido levantarse. El miedo es natural ante una situación nueva y es importante que vean en ti una reacción positiva. Pueden incluso permanecer así, llorando y esperando un rescate. En su lugar, puedes acudir y, sin cogerle, indicarle tranquilamente cómo puede volver a sentarse, ya que aprender lo que debe hacer él solo le aportará confianza en sí mismo. Una vez superado el vértigo, cuando vuelva a ponerse de pie, colócate frente a él y, sujetándole de las manos, haz que avance para, poco a poco y a medida que afiance aprendizajes –lo que puede llevar varios días–, pasar a una sola mano y alternarlas después, para que pierda, sin apreciarlo, el miedo a soltarse. En caso de caída, no dramatices. Acude sonriente y quítale importancia de forma cariñosa, pues muchas caídas retrasan el momento de andar debido a que provocan un temor excesivo en el niño. Caerse es algo natural y así deben verlo tanto los padres como los hijos. De todos modos, debes tener en cuenta que comienza una etapa en la que hay que tener muchas precauciones en cuestiones de seguridad infantil y adelantarse a posibles percances es la mejor precaución junto a la continua supervisión adulta.

Otros apoyos Ofrecer apoyo moral es importante, pero no lo es todo. También hay que procurar calzado adecuado y útil para su equilibrio. Aunque el tamaño del pie cambie con rapidez, el niño debe llevar su talla y, según los pediatras, los zapatos deben ser anatómicos, flexibles y cómodos, con suela antideslizante y semidura, ajustando y sujetando bien el pie, pero sin apretar. También es hay que ofrecer al niño apoyos idóneos para sus desplazamientos. En este sentido, conviene descartar el tacataca, ya que, al llevar al niño en el centro y apoyado en las puntas de sus pies para desplazarse, este no ejercita la postura correcta. El andador, sin embargo, resulta más indicado para que coja confianza y ejercite su equilibrio, desplazándose apoyado en su manillar. Aquellos que tardan en caminar solos lo hacen con bastante seguridad si el adulto los sujeta de las manos o se agarran a los muebles o a un correpasillos, dejándose caer de nalgas para sentarse o gatear, incluso agachándose para coger un objeto del suelo.

Una vez logrado el reto…

No te alarmes si, mientras aprende el arte de andar, come o duerme peor, pues tiene toda su energía y atención concentradas en el nuevo logro. Por este mismo motivo, también es habitual que el dominio de otras habilidades, como las lingüísticas, se detengan pero todo volverá a la normalidad cuando consolide la marcha independiente. Tras los primeros pasos, alternará la forma de desplazarse: en unas ocasiones caminará y en otras gateará. Esto sucede porque las ansias de llegar más rápido le llevan a gatear si con esta técnica lo consigue antes, aunque también puede estar motivado por regresiones momentáneas que no tienen mayor importancia.

 

Autor: Asociación Mundial de Educadores Infantiles

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